Un atlas cultural se vuelve inútil cuando mezcla lo comprobado con lo que alguien escuchó decir. Por eso trabajamos con un criterio simple: cada término, fiesta, oficio o microclima que aparece en una ficha debe poder rastrearse hasta un registro concreto. No hay una sola fuente que resuelva todo, y no pretendemos que la haya. Lo que sí hacemos es distinguir con claridad entre dato confirmado, dato parcial y dato en revisión, y dejar visible cuándo dos fuentes se contradicen en lugar de forzar un acuerdo que no existe.
La diferencia con otros proyectos de divulgación regional está en lo que no hacemos. No atribuimos afirmaciones a materiales que no las contienen, no publicamos registros sin identificar su procedencia y no rellenamos los huecos con una versión verosímil. Cuando una ficha depende de un testimonio oral, lo decimos; cuando depende de un archivo local o de una publicación regional, también. Ese nivel de detalle hace el trabajo más lento, pero es la única forma de que alguien pueda verificar por su cuenta antes de dar un dato por cierto.